LOS RECUERDOS DE LA OSCURIDAD

Ven hacia la luz; no te quedes en la oscuridad. Por más amor que tú le des, puede que te sea indiferente. ¿Cómo fue que, tan de repente, llegaste a cambiar? ¿Cómo de mi mente me obligas a sacarte? ¿Dónde quedó aquella persona que se ganó mi corazón? Solo quedan recuerdos, y esos bastarán para guiarme en esta oscuridad y poder salir de este engaño en el que yo mismo me metí.

Cómo de un día para otro puedes ser otra persona totalmente distinta a la que llegué a conocer, de la que un día me enamoré, a la que en sus brazos cálidos me entregué, a la que le llegué a abrir mi corazón, a la que un día me entregué de alma y cuerpo. Las personas cambian, sí, eso es obvio; pero esos mismos cambios deben ser para mejorar.

Lo que logré observar en tan poco tiempo es que en ti fue algo fugaz: fue un Cereus nocturnus que de un día para otro nació, mostró su belleza y su encanto, y al trascurrir el tiempo se marchitó y murió. Solo quedó de esa marchita flor la tristeza, la soledad, la melancolía y el remordimiento de darme cuenta cuán peligroso podía ser tu amor. El amor es la única espada que no necesita filo para atravesar el pecho: nos da el aliento para existir y, en el mismo suspiro, la fuerza para reducirnos a cenizas.

Esos bellos sentimientos que en ti se albergaban se fueron marchitando y solo maleza fue floreciendo, tomando el control. De ella surgió una flor que solo aparenta ser bella, pero por dentro ese néctar que antes era dulce y delicioso, hoy solo es una hiel amarga y apestosa. Odio mi forma de verte; cuando antes te admiraba, hoy no logro ver ni una foto de tu rostro sin sentirme mal. No es odio, es tristeza; rabia por entregarme a esa persona que no me valoró.

Di todo de mi para alimentar el fuego de nuestro amor, pero admito que también fue mi error. Al principio, eras alguien recio a doblegarse a un amor y lo acepté; pensé que cambiarías y con el tiempo aportarías para alimentar nuestra unión. Pasaron horas, luego días, semanas y meses, pero no me ayudabas. Era yo solo contra el mundo. Todos me veían alabándote y alzándote en un pedestal como lo mejor de mi vida, cuando en realidad estaba solo. A ti te daba igual verme triste o feliz; nunca me preguntabas si estaba bien, si estaba cansado o si quería descansar. Solo te basabas en lo poco que recibías, pero no tenía palabras para darte a entender que, desde un principio, di el cien por ciento de mí.

Con el trascurrir del tiempo me fui agotando. Poco a poco mis fuerzas fueron fallando y fui alimentando cada vez menos nuestro amor; terminé siendo yo mismo el verdugo que puso en su cuello la soga. Fui el detonante de que todo acabase, porque si fuese por ti, nuestro amor no se alimentaba. No me cabe en la mente cómo, así de repente, mi percepción hacia ti cambió de esta manera. Ahora tu corazón solo está envuelto en enredaderas llenas de espinas que lo custodian, descansando en el fondo de un abismo que tú cavaste y donde deseas que nadie entre.

Resulta que, según tus palabras, yo terminé siendo quien cavó ese agujero en tu pecho, pero no te detienes a ver lo que tú has hecho en mí. Siempre estás tú por delante del resto. Pero quiero que tengas presente que, algún día, la vida te hará ver lo que quebraste en mí y dirás que tenía razón, que fue tu error. Espero que cuando ese día llegue, mi corazón haya sanado; que hayan cerrado las heridas, porque en mi mente siempre estarán los recuerdos de la oscuridad.

Comentarios

Publicar un comentario

Entradas más populares de este blog

¡GRACIAS, LUNA!

EL DESASTRE DE MI CORAZON